el cuento que escribí
Alexei
Alexei, soy yo otra vez, Alisa. Voltéate. Aunque sea poquito. Ya se me están entumeciendo las piernas de estar esperando. ¿Ya casi? Según mis cuentas ya van doce días que venimos al puerto, y nada. Mis tías dicen que las sirenas no existen. La verdad quisiera creerte, pero no me das motivos para hacerlo. Día tras día, bien sentadito en el muelle, esperando a tu amada. Ella, de blanca piel y cabello azulado. Con escamas de colores brillantes y voz encantadora. Como en los cuentos. Yo leo muchos libros. Los repaso en mi mente. Otras veces repito fragmentos en voz alta. Para que no se me olviden. ¿En qué estaba pensando? Ah sí. Como te decía. Alexei, me gusta mirar tus ojos, azules como el cabello de tu sirena. En realidad me gustan muchas cosas de ti. Con sólo mirarte siento que puede leerte. Tus movimientos suaves, caminas despacio, de vez en cuando rozando una pared con la punta de tus dedos. Puedo notar que eres tímido. Algo distraído. Todos los días te sigo. Se que no te gusta tomar atajos. Siempre el mismo camino. Ha de ser por lo distraído que eres. Como no te quieres perder, pues te vas por lo seguro. Así le debería hacer yo. Irme a la segura. Buscarme otro amor. Que me escriba cartas. Que hable noruego. Que me lea cuentos largos. Pero esa no es la idea. Alexei, estaba contándote que todos los días te sigo. Miras fijamente al agua. Como esperando en cualquier momento que la dama del mar te salpique con su amor. ¡Qué terquedad! No te das cuenta, las sirenas no existen. Mis tías dicen que no.
Me quedé dormida. Y como no hace ruido al caminar, no pude fijarme cuando se fue. Camina a un lado mío de vez en cuando. Pero no sospecha nada. ¿Y cómo podría? Con cosas de sirenas en la cabeza. ¡Qué chico tan raro! Bueno, creo que ya está oscureciendo, debo ir a tomar el té. Y no quiero que mis tías me reprendan como ayer. No les gusta que ande de noche. Hasta hace poco me dieron permiso de salir por las tardes. ¡Qué bonito el viento! Deslizándose, cantando melodías al bosque. El sonido que hacen las hojas cuando caen. Me gusta ver cuando se pone el sol. El cielo se torna anaranjado, para después darle la bienvenida al rosa y morado. Ese es mi momento favorito. De vez en cuando me recuesto en el jardín a ver las estrellas. Las vería diario si pudiera. Pedir deseos. Viajar en el tiempo. Hablando de eso. ¿cuánto me habrá tomado llegar hasta aquí? A veces pienso que pierdo demasiado el tiempo. Si tuviera que dibujar cinco cosas, una de ellas sería la puerta de mi casa. Es verde, verde deslavado; con una manija antigua y fea. ¡Qué delicia! Otra vez tarta de manzana. Me ponen de buen humor.
Estoy haciendo un barquito de papel. Escribo unos versos y luego me pongo a pensar. Me provoca doblarlo. Hasta que toma forma. El día de hoy me dio pereza esperar recargada. Me sentaré en la orilla para que puedan zarpar mis barcos. Hoy Alexei está cabizbajo. De nuevo lo dejaron plantado. Igual que ayer. Pero noto una tristeza particular y profunda en aquellos ojos azules. Se ven opacos. Como el otoño pasado, cuando la niebla no me dejaba ver la vereda. Cómoda bailaba sobre las hojas, sin que nadie a lo lejos pudiera divisarme. Pero he escuchado que no siempre es buena. Muchos se han perdido por culpa de ella. Al parecer mi pobre Alexei sufre por eso. Me embarga la tentación de sostenerlo en mis brazos. Apaciguar su dolor. Consolarlo. Pero no debo.
Ya me dio hambre. Hoy guarde galletitas en la servilleta que bordé la semana pasada. Empiezo a creer que sería bueno traerme una mesita para tomar el té. No tengo prisa. Y nada me haría más feliz que retomar ese viejo hábito. Usaría el juego especial, que tiene hadas pintadas en los platos. Me perturba un poco desviarme del tema. ¡Qué egoísta soy! Pensando en mí, cuando él me necesita. Ya sé, haré un dibujo. Nunca he visto una sirena. Ya dije que no existen. Pero en los libros las describen bien. Bien podría retratar a una. Alexei ya no tendría que esforzarse por imaginarla.
Para variar un poco, decidí usar un vestido elegante. No es de esos costosos, pero seguro Alexei volteará para mirarme detalladamente si me ve de reojo. El dibujo quedó formidable, las acuarelas siempre han sido mi fuerte; y particularmente le da un toque de mar. Llegué veinte minutos antes que mi amado, para tener todo listo cuando él llegue. Traigo conmigo, además, unas cuantas conchitas que guardaba en un cajón. De una vez las voy poniendo en el camino para que lo guíen al dibujo. Una. Dos. Tres… Veintiocho. Esta haciendo aire. Le pondré una conchita grande encima. El viento puede que se ponga celoso e intente robarse mi obra de arte.
Alexei caminó como siempre distraído. Faltaba mencionar que era algo torpe. Iba como todos los días al muelle, donde esperaba por su sirena, cuando tropezó con una piedra. Una conchita, se dio cuenta cuando se levantó y encontró a la culpable de su caída. Sólo unos segundos le bastaron para ver el caminito que formaban. Transcurrieron otros pocos cuando descubrió el dibujo. Era tan poético y sensual. Colores delicados. Si fuesen una textura, serían terciopelo. Nunca había visto cosa más hermosa. No pudo más que fijar su mirada. Tan leal, que no era capaz de desviar su atención en algo que no fuese su amada. Sintió su mejilla húmeda, pero sus dedos no pudieron separarse del pergamino… A escasos metros estaba Alisa, quien tampoco quiso limpiar sus propias lágrimas. Sentimientos encontrados. Celos, tan abrumadores como sólo ellos pueden ser. La envidia de no poder inspirar lo mismo que su dibujo. Celosa de no poder ser por quien Alexei desvariaba. Y felicidad. No recordaba haber visto al objeto de su deseo, formular una sonrisa.
El décimo quinto día, no quise ir al muelle. Competir con una sirena por el amor de un simple mortal no era tarea fácil. Y no es que fuera impaciente. Pero sinceramente el día de ayer me dejó agotada. Recostada en mi cama. El olor de madera mojada penetra desde la ventana entreabierta. Hoy es un día perfecto para comer un helado. Me pongo algo encima y me dirijo al pueblo. Me anima ver un poco de más color. El muelle tiene una paleta exquisita de tonos, pero después de tantos días me viene bien un cambio. Los pequeños negocios abarrotados de gente. Supongo que es domingo. La chocolatería me llama por nombre. Pero tendrá que esperar. Saco unas moneditas del bolsillo. ¿Me alcanza para rentar una bicicleta? Hace mucho que no ando en una. No soy exigente en gustos, pero la campanilla es un requisito indispensable. Su sonido, al igual que el de la caja musical que tengo en mi buró, me relajan. Helado de varios sabores. Mi favorito.
Han pasado varios días. Alisa no ha cepillado su cabello, no ha probado bocado. Ya se probó con tartas de manzana, de piña y de arándano. La pequeña niña padece de algo grave. Ha venido el médico, dice que no tiene fiebre. Alisa nunca imaginó. No lo pudo evitar. Su rostro reseco. Incapaz de derramar una lágrima más. Mirada perdida. No lo pudo evitar. Alexei cayó del muelle. Un movimiento en el agua le provocó el sobresalto. Nadie pudo escuchar sus gritos. La resistencia no pudo más. El agua llegó a los pulmones; congelando sus signos vitales. Sólo tuvo una imagen en su mente antes de morir.


