it's not that I've been dishonest, it's just that I loathe reality





Mañana es jueves, tuve que comprobarlo en el calendario marcado con pluma bic punto mediano. Recuerdo las huellas en el monitor, mi índice acercándose milimétricamente como esperando una reacción, una vibración. De repente un sonido distrae mi atención, empiezo a alucinar voces fuera del audífono, trastorno delirante acompañado de suéter navideño. Rostro lagrimoso y tú con ganas de atraparlo cual conejo. Lo ves a lo lejos en la oscura escena, te acercas poco a poco con temor de precipitación; después tu mano encima cuidadosamente y al estar segura de poder pescarlo, un movimiento brusco aferrado, no lo sueltes. El conejo intenta escapar y en sus ojos ves el miedo. Todos sorprendidos ante lo que acaba de ocurrir, no pueden creer qué fácil con un solo movimiento lograras regresarlo a salvo. Ahora sí, podemos dormir. 


Has de saberlo, lo que más quiero es ser enterrada de blanco, en telas vaporosas, con una corona de flores en forma de tocado; abrazada por un caparazón orgánico de la madera más sencilla. Tus labios en mi oído exánime, confesando que guardaste lo mejor para el final, pues no deseo la perpetuidad, eterna, inmortal. Ya he aceptado que la muerte es el camino hacia el asombro, que siembren un árbol sobre mí, para que pueda treparlo cuando nadie me esté viendo, escapar con las aves cuando a lo lejos las vea recargada en la copa e irme a volar un rato.


Un murmullo me hace voltear, es ella, la abuela de ojos azules que me llama desde el cuarto de tele. Me abraza cálidamente y me entrega un sobre. Mi sobrenombre, el pretensioso, escrito en él a manera de broma. Sonrío mientras lo guardo en mi abrigo y regresamos a la sala donde todos reunidos en ambiente familiar, entre olor a nueces y fruta seca. Me piden que lea "Quiero un cuento como el de Rosario". Siento en la nuca los nervios de por fin enfrentar a un destinatario de mis cartas sin enviar. Es el riesgo que se corre cuando publicas tus cuentos. Y de pronto en sus ojos, las lágrimas que saben a almíbar de felicidad. Empieza lo serio cuando me doy cuenta entre líneas, con un velo de fe, que me ha elegido y que no estaré sola. Sin embargo, la soledad es un paso firme. Recostada en el sillón, mirando el zócalo, imaginando cómo se vería un museo en estas paredes.


No puedes tomarte en serio esa broma, ni tampoco frases que ya has escuchado antes, que por lo primero ganarías el título de cascarrabias y lo otro te cedería el honor de portar el adjetivo que tanto te aburre, ingenua. La bolsita de té que tanto querías convertir en separador de libros, es una mancha olorosa de jazmín. Déjame olvidarte, caprichoso deseo, que mis palabras no te alcanzan y no estás de ánimos para voltearte, acepto mi error de proclamarte mío antes de tiempo. Danza delicada de palidez, no intentes descifrarme, porque probablemente estés equivocado, mejor recuerda desde distancia, a alturas que distorsionan la silueta y presentan una paleta eléctrica de pigmentos, textura ácida, cuerda de contrabajo de tres metros. No te envidio.


Un pasillo largo que tiene por techo un cielo estrellado, con luz violeta marcadas las constelaciones, camino apresurada, pues tus pasos son más largos y me dejan rezagada, entro en el vagón. En el metro todo ocurre demasiado lento, claro, dentro del vagón, porque afuera se ven los anuncios y la gente corriendo, corriendo y ahora oscuridad. El autobús rojo te lleva entre paredes de concreto. Alfombra y rueditas por todos lados, números y gente despeinada, horarios, destinos y sñales de que cada vez estás más cerca de estar más £ejos. Sólo es un ensayo, te dices persuasivamente en modo de relajación cuando entras a la cocina, llena de olores tan diversos como deliciosos. Caldo de camarón caliente, pan y limón, sólo por nombrar algo. Sonido de cucharas y platos, la mesa grande puesta con copas y salero, me provoca tomar fotografías.


Cuando mis dedos dejen de sentir el frío o el calor de tu cuerpo y sólo quiera un caramelo y ponerme a llorar bajo la lluvia, consciente de todo lo que ocurre, la respiración y los pies y lo húmedo; me arrepentiré de amar impresiones y desearé que ese fuese el primer contacto, el despertar del aturdimiento.

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