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¡Oh, cariño!
Me da gusto pretender que sé de ti. Invento las historias que podrías contar mientras contemplo tu mirada, punto de encuentro, cuando la punta de mis dedos tocan tu barbilla con intenciones de aproximarla, donde mis pómulos interrumpen el transcurso. ¡Oh, cariño! Nuestra distancia no se mide en kilómetros, son siete horas que se extienden y mientras tú te bañas de sol, a mí me toca contar estrellas. Te siento tan lejano, pero no son los kilómetros ni las horas, sino el insoportable vaivén en el laberinto al que tú y yo un día decidimos entrar. Camino sin rumbo, deseando encontrar una cúpula donde pueda archivar mis memorias y juego a encontrar auroras boreales, una pizca que me cubra de luz. Y parece que tú, cariño, has encontrado tu lugar en la oscuridad.