blanca

Había una vez un lugar llamado Miguelturra (que no debe confundirse con el pueblo que se encuentra a escasos kilómetros de Oslo) y ahí a su vez había una estudiante de Filología Hispánica, Blanca llevaba de nombre pero en su interior no eran colores los que la habitaban, sino letras. Esa es una cosa muy extraña que luego podríamos retomar. Yo la conocí en el mejor momento de mi vida, tal vez tendría que explicarme, pero me es imposible describirlo como evento aparte, porque creo que ella y los demás tuvieron que ver en esto. No nos conocimos en Miguelturra, sino en un lugar friolento y montañoso, donde todo lo real nos parece ficción y viceversa. A pesar de que ahora creo conocerla bastante bien, después de haber hojeado libros empolvados en el local de una calle concurrida del centro y discutido del verso de Martín Fierro, durante una noche de fiesta de ascensor o una conversación en la pieza de la pared de té... aún me queda mucha Blanca por conocer. Sólo espero que un día mis pasos me lleven a ese lugar llamado Miguelturra. Donde una a una, las letras narren una nueva historia con aquella Blanca que conocí en el mejor momento de mi vida, que lleva por nombre un color y que ahora que lo pienso también lleva colores que la habitan, que acompañan las letras y el té de mediodía.



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